Ya es claro para todos que el Acuerdo de Taif que puso fin a la guerra en 1989 introdujo un marco constitucional que podría haber sido sólido, si no hubiera permanecido solo como tinta en papel. En cambio, el período de posguerra solidificó las divisiones sectarias en la esfera política, facilitó el ascenso de milicias influyentes y dio lugar a un sistema híbrido de gobernanza de seguridad; sin mencionar la participación extranjera: la presencia de tropas sirias hasta 2005, seguida de la influencia más sutil pero profundamente arraigada de Irán que muchos libaneses todavía ven como una forma de ocupación.
Un país que emerge de una guerra civil con el objetivo declarado de terminar con el sectarismo terminó no haciendo nada. Todo esto es para decir que el Líbano de posguerra, a pesar del Acuerdo de Taif, nunca se convirtió en una democracia genuina: es una democracia procesal en papel, pero una autocracia en la práctica. Un ejemplo muy claro de esto es el sistema electoral del país: aunque las elecciones generales se han realizado regularmente, han sido consistentemente predeterminadas y no verdaderamente representativas de la voluntad del pueblo.
Las próximas elecciones parlamentarias, programadas para mayo de 2026 para elegir a los 128 miembros del Parlamento, ya están en marcha, pero mientras se realicen en este paisaje político actual, seguirán la misma fórmula autocrática que las anteriores. Hay tres razones principales para esto:
1. Las Armas de Hezbollah
¿Puede existir una democracia cuando un partido político tiene armas, asesina a oponentes, intimida a votantes y aplasta campañas rivales? Ninguna democracia en ningún lugar del mundo puede coexistir con un estado en el que se subvierte la soberanía.
2. Una Ley Electoral Diseñada para Mantener el Statu Quo
La ley electoral del Líbano ha sido diseñada para mantener en el poder a un cartel incumbente. Ha sido cuidadosamente calibrada por partidos gobernantes, que funcionan de manera similar a un cartel, para garantizar la reelección de líderes comunitarios y sus parlamentarios. Esta ley electoral es un sistema híbrido que combina representación proporcional y votación preferencial, implementado junto con una manipulación de distritos ordenada según líneas confesionales. Lo que emerge de esto es un mapa electoral que es, en su núcleo, disfuncional. En este mapa, los votos no se pesan por igual dentro de los distritos y los parlamentarios electos no representan el mismo número de votantes. ¡La representación es incluso desigual entre votantes de la misma confesión!

