La visita de Benjamin Netanyahu a Donald Trump el 29 de este mes no es una reunión política ordinaria, sino una sala de guerra para diseñar un ataque histórico que podría poner fin al proyecto desestabilizador más peligroso en Medio Oriente, el proyecto iraní y sus milicias, en primer lugar Hezbollah.
Después del 27 de noviembre de 2023, todas las ilusiones colapsaron. Israel hizo su elección: el ataque preventivo es la única doctrina. No hay espera, no hay reacciones, no hay declaraciones. Quien busque la guerra será golpeado en la fuente. Quien plante cohetes cosechará fuego. Esto no es meramente un deseo israelí, sino el resultado natural del fracaso de la comunidad internacional para contener a Irán y sus representantes.
Irán hoy no es un estado, sino una mafia regional armada. No construye, no alimenta a su pueblo; solo conoce la expansión, las explosiones y la destrucción de estados desde adentro. Irak, Siria, Yemen y Líbano… todos son ejemplos de países siendo lentamente asesinados por milicias que reclaman "resistencia" mientras destruyen tanto a la gente como a la piedra.
Terminar con este proyecto ya no es un asunto israelí, sino una necesidad existencial árabe. Los Acuerdos de Abraham no avanzarán ni una pulgada mientras la Guardia Revolucionaria plante sus banderas negras sobre las capitales árabes. Por eso, sí: un Israel fuerte hoy es una necesidad para detener la plaga iraní, no una amenaza para la región.
En cuanto al Líbano, la verdad es aún más horrible. El país está secuestrado. Un estado sin decisión, un ejército sin soberanía, una economía saqueada y un pueblo tomado como rehén por armas ilegales. Hezbollah nunca "protegió" al Líbano; lo arrastró de guerra en guerra, de aislamiento en aislamiento, hasta convertirlo en un estado fallido.
Por segunda vez en la historia, se plantea la "intervención israelí" como opción de salvación. Anteriormente de Arafat y sus armas destructivas; hoy de Irán y sus agentes. La diferencia es que la ocupación actual es más peligrosa: una ocupación de mentes, instituciones y toma de decisiones nacionales.
Erradicar a Hezbollah no es una agresión contra el Líbano, sino su liberación. Liberación de una ideología de muerte, una economía de guerra, una cultura de armas y la mentira de la "resistencia" que no ha producido nada más que tumbas y pobreza.
Sin Hezbollah, se abre la puerta a lo que se les ha negado a los libaneses durante décadas: paz, soberanía y un estado. Un acuerdo de paz con Israel ya no es traición, sino un interés nacional que fortifica al Líbano, termina su papel como campo de batalla y lo restaura como un país normal que quiere vida, no martirio gratuito.
La visita de Netanyahu a Trump puede ser un momento de romper huesos.
O se entierra el proyecto iraní, o se entierra lo que queda de Medio Oriente.
¿Y los libaneses? O un estado… o una milicia.
O un futuro… o una tumba abierta.

