Hubo un tiempo en que los economistas y los estrategas militares habitaban mundos intelectuales diferentes. Unos estudiaban la inflación, los tipos de interés, la productividad y el crecimiento. Los otros examinaban alianzas, disuasión, capacidad militar y disputas territoriales. Sus conversaciones se cruzaban ocasionalmente durante períodos de guerra, pero en circunstancias normales, la economía y la geopolítica seguían siendo disciplinas ampliamente separadas.
Esa separación intelectual es cada vez más difícil de sostener. El siglo XXI está presenciando algo más fundamental que el retorno de la competencia entre grandes potencias. Está presenciando la militarización de la macroeconomía; una transformación en la que las variables económicas ya no solo se ven afectadas por el conflicto geopolítico, sino que se emplean cada vez más como instrumentos de competencia estratégica. La inflación, los precios de la energía, las monedas de reserva, la deuda soberana, los sistemas de pago, las exportaciones de tecnología, las cadenas de suministro y los mercados financieros se han convertido en componentes del poder nacional. El campo de batalla se ha expandido más allá de la tierra, el mar, el aire y el ciberespacio hacia la arquitectura de la economía global misma. Esta evolución representa una de las características definitorias del orden internacional emergente.
El conflicto militar sigue siendo importante, pero cada vez sirve más como acto de apertura que como instrumento decisivo. La competencia estratégica de hoy se libra a través de sanciones que aíslan sistemas financieros enteros, restricciones a las exportaciones de semiconductores, control sobre minerales críticos, manipulación de suministros energéticos, ciberataques contra infraestructuras, interrupción del comercio marítimo y la creciente fragmentación de las redes de producción globales. El objetivo ya no es simplemente debilitar las fuerzas armadas de un oponente. Es influir en las condiciones económicas bajo las cuales ese oponente debe gobernar. En este entorno, las variables macroeconómicas se convierten en activos estratégicos.
Consideremos la inflación.
La macroeconomía tradicional la trata principalmente como el resultado de desequilibrios económicos donde la demanda supera a la oferta, los mercados laborales se tensan y el crédito se expande demasiado rápido. Los bancos centrales responden de la manera convencional: endureciendo la política monetaria para restaurar la estabilidad de precios. Esa explicación todavía importa; sin embargo, ya no es suficiente. La inflación actual refleja cada vez más decisiones geopolíticas que tienen poco que ver con los ciclos económicos convencionales. Un misil lanzado hacia una ruta marítima estratégica puede influir en los precios al consumidor a miles de kilómetros de distancia; una sanción impuesta a un exportador de energía puede alterar las expectativas de inflación en varios continentes; y un ciberataque contra infraestructuras críticas puede producir consecuencias económicas comparables a las de un error importante de política monetaria. El mecanismo de transmisión ya no comienza dentro de la economía; cada vez más, comienza fuera de ella. El estrecho de Ormuz ofrece quizás la ilustración contemporánea más clara.

